EL SILENCIO DEL DESIERTO:
Hace 3.500 años, Dios saco a una nación de dos millones de personas de la esclavitud en Egipto. Mediante una serie de milagros, Dios los llevo hasta un escabroso y árido monte llamado Sinaí en medio del desierto.
Intencionalmente Dios los llevo a un sitio en el que dependían totalmente de El. En ese desierto tenían que aprender a depender de El tanto para la comida como para el agua. También su salud y seguridad dependían de Dios, igualmente en cuanto a sus necesidades espirituales. Tenían que aprender a confiar en Dios.
Hoy en dial confiamos demasiado en nuestras capacidades. No somos conscientes de que dependemos de Dios. Tenemos nuestros supermercados, nuestras grandes superficies, y nuestro bienestar social. Dios advirtió a Israel: “y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esa riqueza. Sino acuérdate del Señor tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas” (Deuteronomio 8:17-18)
Muchos se sienten dueños de su destino y los capitanes de su alma. Esto, junto con una filosofía evolucionista que nos ha convencido de que cada día vamos mejorando, y nada más lejos de la realidad. No debemos nunca perder el sentido de dependencia. Ponle límites a tu orgullo.
El desierto era un lugar sin distracciones, era un lugar silencioso, un lugar donde escuchar. Muchos hoy en dial no tienen tiempo para escuchar lo que Dios tiene que decir. La voz de Dios es silenciada por los ruidos de nuestra sociedad materialista. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, el ruido es el menú del dial. El silencio es impopular, cuanto mas ruido hagamos y cuanto mas ocupados estemos, menos posibilidades hay de que la Palabra de Dios, o aun nuestra conciencia, llegue a nosotros.
Dios nos dice hoy: “Estad quietos (en silencio) y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46:10) Quiera Dios que en este año que recién esta comenzando tengamos tiempo y deseos de estar con El lo máximo posible.
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