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LAS
PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ |
por J. A. MONROY
La muerte en la cruz la emplearon por vez primera los persas.
También la utilizaron los griegos. Alejandro Magno, según cuenta
la Historia, mandó crucificar en una ocasión a 2.000 habitantes
de Tito. Los romanos siguieron empleando la Cruz para dar muerte
a esclavos, desertores, ladrones, gente baja en general.
El Cristianismo ha exaltado excesivamente la cruz. La Iglesia
católica dedica el 3 de mayo a celebrar “el Día de la Cruz”. Sin
embargo, la importancia de la Cruz reside sólo en el
Crucificado. Aunque las opiniones varían, se estima que Jesús
permaneció en la Cruz durante seis horas, desde las nueve de la
mañana hasta las tres de la tarde de un viernes 14 del mes de
Nisan, que corresponde al abril nuestro. Durante esas horas
Cristo no estuvo en silencio. Habló desde la Cruz. De sus
palabras, comentadas a lo largo de dos mil años, emana lo más
grande, lo más hermoso, lo más sublime a lo que puede aspirar un
ser humano.
I.
El perdón de los pecados
Las primeras palabras de Cristo tienen que ver con el perdón de
los pecados. Jesús decía:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23.24).
Las palabras de Cristo hacen referencia a los dirigentes judíos,
no a los soldados romanos, agentes materiales de la crucifixión.
Los soldados ni siquiera conocían a Cristo. Estaban allí en el
cumplimiento de una misión que se les había asignado.
Los grandes dirigentes judíos conocían a la perfección la Ley
del Antiguo Testamento. Pero no querían admitir el origen
mesiánico de Jesús. Juan el Bautista los encara:
“En medio de vosotros está uno a quién vosotros no conocéis”
(Juan 1.26).
Y el apóstol Pablo agrega que si hubieran conocido la sabiduría
del Padre manifestada en el Hijo:
“Nunca habían crucificado al Señor de gloria” (1ª Corintios
2.8).
En tanto que Jesús pedía perdón para sus verdugos, “el pueblo
estaba mirando” (Lucas 23.35).
¿Qué hacía allí toda aquella gente?.
Les atraía el espectáculo. Nada más.
Igual que hoy. Estamos conviviendo la Cruz de Cristo, la muerte
de Cristo, en un espectáculo del domingo. Vamos a la Iglesia,
entregamos la ofrenda, contemplamos cómo otros trabajan y
regresamos a nuestro mundo privado.
Somos espectadores del drama. Como aquel gentío del que habla
Lucas.
II. La inmortalidad
Escribe Lucas:
“Uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba,
diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.
Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a
Dios, estando en la misma condenación?. Nosotros, a la verdad,
justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron
nuestros hechos; más éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús:
Acuérdate de mi cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le
dijo: De cierto de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el
paraíso” (Luacs 23. 39-43).
A las puertas de la muerte uno de los ladrones seguía
blasfemando. Nada nuevo. Como hoy. Como siempre. Al otro, al que
imploraba un recuerdo misericordioso, Cristo le asegura que el
destino del ser humano está más allá de la cruz, más allá de la
muerte, más allá de la tumba, en el paraíso de los redimidos.
El poeta alemán Goethe decía que el alma es como el sol. Cuando
el sol desaparece de un continente donde ha caído la noche,
ilumina en otro donde empieza la mañana. Somos seres inmortales
y nuestra habitación celestial está en la inmortalidad. Como
gritó Víctor Hugo cerca de la muerte: “Tierra, no eres mi
tumba”.
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