V. La fuente de salvación
Otra vez habla el apóstol San Juan:
“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la escritura se cumpliese: Tengo sed” (Juan 19.289.
La sed era uno de los tormentos más ordinarios y atroces de los crucificados. La agonía de Cristo se inició en el huerto de Getsemaní. Luego siguió en los procesos del juicio, la flagelación y finalmente la Cruz. La crucifixión le producía una fiebre que según los médicos le originaba una temperatura de 39 grados. ES en esta situación cuando emplea las dos palabras dramáticas: “Tengo sed”.
Paradójico: Quien había exclamado públicamente un año antes: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7.37), expresaba ahora la sed que le invadía.
Aquellas palabras de Cristo eran el cumplimiento del Salmo 22.14-15. Pero más que esto. Más incluso que sed fisiológica. En aquellos momentos el Crucificado estaba expresando su sed de trascendencia, sed de salvación, sed de glorificación, redimiendo al ser humano de sus culpas y presentándolo limpio por su propia sangre.
Cristo tiene sed. Pero Cristo es también el agua de vida que apaga nuestra sed de felicidad y de eternidad.
VI. La consumación de la salvación
Sigue la explicación de San Juan el apóstol:
“Entonces allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon el vinagre en una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19. 29-30).
Los soldados romanos solían tomar un refresco compuesto de vinagre y agua, conocido aún hoy en algunos pueblos de la Andalucía de España. Cerca de la Cruz había varias vasijas con este líquido. Cuando Jesús expresó su deseo de beber, uno de los soldados empapó una esponja que tendría a mano para limpiarse la sangre y en una caña se la acercó a los labios del Maestro. No hubo intención de burla, simplemente quería aliviar la sed de Jesús.
Con las palabras “consumado es” Jesús declaró concluido el plan de salvación.
Quedaban consumadas y cumplidas todas las profecías del Antiguo Testamento, excepto las del enterramiento de su cuerpo y las de su resurrección. La Ley había sido también consumada. El Cordero pascual había sido sacrificado por la redención del género humano.
El plan de salvación de cada uno de nosotros se completó definitivamente. La misión que ele había traído a la tierra estaba cumplida. Rentan: “¡Reposa es tu gloria, noble iniciador. Tu obra está acabada, tu divinidad fundada!”.
VII. La victoria sobre la muerte
Concluye Lucas:
“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23.469.
Pocos años más tarde el apóstol Pablo interpretaría este grito del Maestro como una señal de victoria. Jesús despojó de su poder a los principados y potestades, los exhibió píblicamente, triunfando sobre ellos en la Cruz” (Colosenses 2.15).
Las últimas palabras de Cristo en la Cruz confirman tres grandes verdades de la esperanza cristiana:
Primera, hay un Padre. Dios no es un invento humano.
Segunda, existe un más allá. Una casa del Padre con muchas moradas.
Tercera, somos inmortales. El espíritu es la vida, la vida eterna que Dios transmitió a Adán en el instante de su creación. No todo muere en nosotros. Sobrevivimos a la materia, a la muerte del cuerpo. Cristo no entrega el espíritu a la tumba, ni a la tierra, ni al crematorio moderno. Lo entrega al Padre.
Con su vida nos enseñó a vivir. Con su muerte nos enseño a morir.
Conclusión:
Cristo permaneció en la cruz seis horas, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde.
En el transcurso de aquellas horas de dolor nos abrió su corazón. Nos habló del perdón de lo pecados.
De la inmortalidad del alma.
De la unidad del género humano.
Del amparo de los desamparados.
De la fuente de la salvación.
De la consumación de todas las cosas.
De la victoria sobre la muerte.
San Agustín lo describió con la cabeza inclinada, para besarnos.
Con el corazón abierto, para amarnos.
Con los brazos extendidos, para abrazarnos.
Con todo su cuerpo expuesto, para rescatarnos.
por J. A. MONROY



